24-07-2021
Artículos

IMÁGENES QUE CONTAGIAN / IMÁGENES QUE CURAN

Samuel Cortés

Samuel Cortés. Una oportunidad de enfermar es una oportunidad de curar (2021)

Ya en otras ocasiones me he visto escribiendo acerca de los efectos que tienen las imágenes en un intento por entenderlos. Pero apenas reconozco solo algunos. Los efectos cambian a medida que las imágenes cambian, y las imágenes siempre cambian, y generan nuevos conflictos en las personas. Para bien o para mal.

Recuerdo que estaba en la universidad cuando compré en un kiosko de revistas un número de una Conozca Más. Hablaban sobre la vida emocional de las plantas y la relación que tienen con la música. Pero la verdad, el foco de mi atención fue un pequeño artículo de un estudio en Estados Unidos, acerca de la recuperación que presentaron algunos pacientes ingresados en el hospital, y la influencia que ejercieron las ventanas en ella. Se planteaba que el acceso a una ventana con vista al exterior favorece una recuperación más rápida, mejora el estado anímico y el paciente requiere menor medicación para el dolor.

Estas cualidades fueron aplicadas para el desarrollo de una ventana electrónica que simulaba paisajes con cambio natural de luz. Del estudio se desprende el alcance positivo que la simulación electrónica tiene en la salud mental y por consecuencia en la salud física del cuerpo humano. Cabe mencionar que el estudio conducido por el Centro Médico de la Universidad de Standford y el fotógrafo Joey Fischer diseñador de las ventanas computarizadas fue de igual forma, bien recibido por la Marina de los Estados Unidos, quienes solicitaron la compra de este mismo invento, para ser aplicado al interior de submarinos nucleares.

Este artículo probablemente tenga ya más de veinte años de antigüedad. De lo que he intentado rastrear, es poco lo que ayuda a profundizar en el caso. Sin embargo, la hipótesis y resultados arrojados tienen sentido y encajan con precisión en una sociedad actual que depende más que nunca de las imágenes para sobrevivir. Si volvemos a la situación del paciente en el hospital y detallamos su contexto, podemos encontrar un cuerpo sin movilidad, privado de acciones, obligado a percibir el aquí y ahora de la carne en el caso que esté consciente, obligado a experimentar la sensación de cambio a través de la visión, a través de la observación de la luz, o lo que su ojo alcance a ver desde la posición en que se encuentre. ¿No suena acaso demasiado familiar? Mirar en forma contemplativa nos lleva a estados internos, meditativos, libres de ese estrés acelerante. ¿Es contemplar una imagen que cambia una actividad curativa?

Revisé un estudio más reciente de la Universidad de Hiroshima donde se condujo un experimento en el que a 48 estudiantes universitarios (24 hombres y 24 mujeres entre 18 y 22 años), se les exigió realizar tareas que requerían el uso de atención enfocada, búsquedas visuales no motoras e identificación de información global y local[1]. Se observó que las habilidades para resolver tareas se procesaron con mayor rapidez luego de haber sido expuestos a imágenes tiernas o, más precisamente, kawaii. Cuanto más tierno, mejor el resultado. Se les ofreció una selección de imágenes de bebés, animales adultos, comidas apetecibles, objetos neutrales, y cachorros de perros y gatos. La comida resultó ser ineficaz, pero la exposición a imágenes de animales bebés aumentó el cuidado con el que se realiza una actividad de atención enfocada. «Para aplicaciones futuras, los objetos lindos pueden usarse como inductores de emociones. Las características de lo tierno no sólo hacen que los objetos sean más fáciles de usar y accesibles, sino que también inducen en los usuarios tendencias de comportamientos de cuidado, lo cual es beneficioso en situaciones específicas, como conducir y trabajar en la oficina»[2].

Samuel CortésArtículo original acerca de las ventanas electrónicas y la recuperación en pacientes del Centro Médico de la Universidad de Standford

Quizás el día de mañana el Gran Hermano tenga la forma de una hermosa gata vieja que no quiere bajar de la mesa; o el próximo dictador que tome el control tenga un rostro sin poros, vellos, ni arrugas. Un rostro de piel clara. Perfecto e irresistible. Por cierto, ¿no existe ya un doctor especializado en las afecciones causadas por la imagen? Puede ser que todo esté ocurriendo ahora y no seamos capaces de reconocer la velocidad a la que va, o puede ser que no lo percibamos en las poderosas olas de los mares de imágenes. La imagen induce emociones y ello nos conduce a comportamientos, ya sea sanar o enfermar, mejorar o empeorar.

Pienso en mi cuerpo y el tuyo: ¿qué es mejor, ver una imagen que cambia gradualmente, o ver una secuencia de imágenes que pasan rápido? ¿Es el cambio, o es el contenido lo que nos ayuda a sanar con más facilidad? Naturalmente estímulos positivos reforzarán una respuesta positiva. Pero, existen otras ocasiones en las que contemplamos imágenes como si viéramos algo lejano, algo a lo que no se le presta la debida atención, porque en realidad nuestra atención está en otro lugar. Quizás se ve para olvidar. Wim Wenders lo narra con hermoso existencialismo al visitar los palacios de Pachinko en Tokyo-Ga (1985):

«Ya entrada la noche, y todas las noches posteriores, me perdí en uno de los muchos palacios de Pachinko, donde te sientas entre el bullicio ante tu máquina; un jugador entre muchos; y por eso, aún más solo, mirando las bolitas caer entre los clavos hacia el fondo... y a veces, hacia el agujero ganador. Este juego provoca hipnosis, cierta sensación de dicha. Ganar no es importante, pero el tiempo pasa, te desconectas de ti mismo un rato, te fundes con la máquina y quizás logres olvidar lo que se quiere olvidar. Este juego apareció tras perder la guerra, cuando los japoneses debieron olvidar un trauma nacional».

Podríamos pensar con naturalidad que quizás las imágenes existen para ser ignoradas, o sirven para acompañar nuestra propia soledad en el espacio. William Burroughs menciona en Marica la necesidad de consumirlas: «Esta desintregación de la propia imagen se traduce a menudo en una sed indiscriminada de imágenes. Billie Holiday dijo que supo que se había desenganchado de la droga cuando dejó de ver la televisión»[3].

Antes de avanzar quiero reparar primero en “la necesidad” vista como una “sed”, y “la imagen” vista como un “líquido que sacia”. Si observamos el uso de estas expresiones a través de una mirada orgánica, la imagen se personifica como algo que porta vitalidad. Desde mi punto de vista, lo que hacemos es absorber la vitalidad que el trabajo en la imagen en movimiento y sus herramientas suponen. El desplazamiento de la cámara y los cuerpos en el espacio tridimensional de la pantalla, junto con el sonido, la luz y el lenguaje (y cómo estos elementos combinados entre sí crean complejidades psicológicas que sumergen al espectador en el tiempo), brindan una sensación de estar experimentando, por un momento, una extracción de otra vida, un recorte de alguna versión que se pudo haber vivido en el infinito campo del multiverso[4].

Fue el mismo Burroughs quien planteó en forma épica al “lenguaje como un virus[5], y para una cultura conquistada por el lenguaje visual, resulta razonable entender la realidad que anunciaba. La relación que mantenemos con las imágenes es viral, cada vez más cerca del concepto médico que de la mera expresión de tendencias digitales. Las ventanas del centro médico de la Universidad de Standford podrían ser antecedentes de primeras vacunas visuales en beneficio de una humanidad sometida más y más por el poder de las representaciones, conducidas largamente a través de una tradición de consumo, masas e instantaneidad.

Si asumimos la naturaleza viral del lenguaje, podemos asumir que tiene la capacidad de transmitir afecciones a través de la visión. Pienso: ¿qué pasa entonces con mi cuerpo biológico, ese cuerpo de carne y hueso, que mira y descansa? ¿Y qué pasa con ese cuerpo virtual que se transforma constantemente y se mueve tan mortalmente rápido por cableados y señales?

Sim viendo la pantalla en soledad [imagen encontrada en un foro de Sims]

Las imágenes pueden causar shock, pueden infundir miedo, pueden ilusionarnos en falsas expectativas, pueden crear estereotipos que esparcirán discursos de odio, espejismos con los cuales compararse, sentir rechazo y vergüenza por la imagen de uno mismo. Pueden paralizarnos y «dejarnos impasibles ante horrores políticos y condicionarnos para que aceptemos el racismo, el sexismo y unas divisiones de clases cada vez más profundas como si se tratara de condiciones naturales y necesarias de la existencia»[6]. Imponen deseos y necesidades que no existen, como si estuviesen más vivas que los mismos ojos que las ven, o más vivas que la vida ahí afuera, fuera de la pantalla.

La imagen mediática, pensada para escalas masivas, capaz de transitar entre un medio y otro, ha tenido un singular efecto en la relación que tenemos con nuestra autoimagen. Habitualmente estas representaciones se construyen desde (o se ven influidas por) la moda, el espectáculo y las redes sociales que cuantifican un éxito o rendimiento. Si bien es cierto que el mundo de la moda y la publicidad ha experimentado un cambio en la última década, con respecto al tipo de sujeto que se utiliza como rostro de una determinada campaña (lo que ha dejado la puerta abierta para que entren en la representación distintas razas, expresiones de género, tipos de cuerpos y edades), el objetivo siempre ha sido transformar a quien está mirando en un consumidor, un cliente que se sienta interpelado. Y la verdad es que la representación más utilizada por las escalas masivas siempre se ha ligado estratégicamente a la belleza.

La belleza es sinónimo de popularidad, éxito, salud, deseo y felicidad. Ser joven, estar guapo, ser sexy, tener un peinado a la moda, tener ropa nueva son condicionamientos que están instalados en los medios y la sociedad, pero que cínicamente consideramos superados. Si alguna de las características anteriores falta, puedes experimentar fácilmente el ruido que genera la diferencia con la imagen en la reproducción. No encajar en la reproducción puede generar grandes problemas con la aceptación de la autoimagen, puede impactar y minar por completo nuestra autoestima, y puede llegar a ser el motor que empuje la creación de otros nuevos modelos.

¡Cuán ambivalente! Las imágenes pueden ayudarnos como pueden herirnos. Pueden marginarnos como pueden integrarnos. Veo en esa ambivalencia, una propiedad que sigue el rastro que deja su paso orgánico: La imagen cambia, interactúa y se relaciona, determinada por la presencia de otras imágenes a su alrededor, o por la misma mera presencia de quien las ve. De tener otra imagen cerca, estas comenzarán una interacción que naturalmente interpretaremos como una comparación (o una competencia): Las características de esta son diferentes a las de esa; esta puede que sea mucho más linda que esa otra. ¿Y si se trata de una sola imagen en el espacio? Esta generará su interacción con el espectador: con la propia imagen de quien mira, o con el recuerdo de otras imágenes que el espectador guarda en su cabeza. Imágenes que devuelven la mirada, pensaba Chris Marker[7].

Los medios más populares de hoy incluyen pantallas por exigencia. La oferta es masiva, los caudales de imágenes desbordan la vida. No hay suficiente vida que pueda seguir, ver o siquiera entender el volumen de todo el contenido visual que ha generado el humano. Las imágenes viajan por señales transmitidas a través del aire, o por cables y dispositivos de almacenamiento. Pasan de un volumen a otro, por caminos pavimentados para su libre tránsito a alta velocidad. Las instituciones de la visión que reinan la realidad contemporánea se han encargado de bombardear una retina que ya no descansa, porque hasta en el descanso se consume a través del ojo. Nos acompañan al iniciar el día hasta arroparnos en la cama por la noche. La pantalla que antes se erigía con distancia sobre algún mueble lejos de la cama, el sofá y la mesa en que se come, se acercó tanto al punto de terminar entrando a mi bolsillo o bajo la almohada que uso para dormir. La pantalla que transmite datos más que una extensión, es algo inseparable del cuerpo receptor. La imagen necesita que la decodifiquen, y el cuerpo necesita de las reacciones que la imagen genera en él, como una adicción invisible, algo importante que no se hace presente.

Stanley Kubrick. A Clockwork Orange (1971) 

Quien construye la imagen es quien administra su poder. Inducir comportamientos para determinados fines que no sean políticos o de consumo es algo que está cambiando, y que es necesario expandir a todo el espectro social, para un correcto y justo entendimiento del mundo actual. «Este control sobre las imágenes es el fundamento del control sobre los otros»[8]. Mitchell desarrolla una separación interesante de tendencias con respecto al concepto aplicado de “ilusión”:

«El ilusionismo es la capacidad de las imágenes para engañar, deleitar, asombrar, deslumbrar o, de alguna forma, ejercer cierto poder sobre el que las mira; por ejemplo, en un trompe-l’oeil, o en los efectos especiales en el cine, el interés reside en simular la presencia de ciertos objetos, espacios y acciones, para provocar la respuesta del espectador. El realismo, en contraposición, se asocia con la capacidad de las imágenes de mostrar la verdad de las cosas. No se apodera del ojo del observador, sino más bien se sitúa en su lugar, ofreciendo una ventana transparente hacia la realidad, la encarnación de la perspectiva de un “testigo ocular”, socialmente autorizado y creíble. Se supone que el espectador de la representación realista no está sometido al poder de la representación, sino que utiliza la representación para hacerse con cierto poder sobre el mundo»[9].

La ilusión de la que caigo presa, fruto de la habilidad de otro que sabe cómo utilizarla, puede llevarme a distintos estados. Podría usar mi vulnerabilidad en beneficio suyo, o por el mero placer de experimentar un poder sobre otro. Quizás podría llegar a tener un efecto tan nocivo que lograra generar un rechazo hacia mí mismo. Podría su diseño elaborado liberar un manto de inseguridad a escala masiva, el que luego sería resuelto con un producto en venta, necesario de adquirir.

La hiperestetización ciertamente está involucrada en las rentas neoliberales que explotan la seguridad y autoestima del público, haciéndole creer que necesita determinadas formas materiales y de pensamiento para aumentar su plusvalía: la belleza es salud (si no estás bello deberías considerar un cambio en tu vida, ir al doctor, comer un poco más, dormir mejor o ir al gimnasio); la posibilidad de corregirse algo en una clínica estética (un poco de ácido hialurónico arreglará esas temibles ojeras); la exposición pública que necesito; la aprobación de ese otro cuantificada en imágenes y signos de afecto; un pasillo de “productos de belleza” en cualquier supermercado y tienda de retail.

Tampoco quiero ni pretendo ser del todo pesimista. Este texto abre con el optimismo y la curiosidad por curar y mejorar a través de un paisaje simulado en una pantalla. Tan solo presto atención a ciertos antecedentes del fenómeno de la imagen, como elemento orgánico, para medir sus alcances, sus comportamientos y cómo afectan nuestra persona una vez que entran en interacción. Mencionar también que apenas estoy escogiendo solo algunas cualidades. Las propiedades cambian según cambian las imágenes. Claramente la ilusión que disfrutaban los hombres y mujeres de las cavernas con el fuego y las sombras proyectadas, es distinta a la ilusión que disfrutan los hombres y mujeres actuales en el cine o al usar lentes de realidad virtual. Pero probablemente haya ahí un principio compartido. ¿Cuál es? ¿El rito? ¿La idea de que algo nos supera? Pareciera que desde siempre hemos disfrutado reunirnos en torno a las imágenes.

Bajo esta misma idea busqué referencias en un estudio de la Academia Alemana de Cine y Televisión en Potsdam[10] acerca del consumo secuencial de episodios de series de televisión (término que en inglés se trabaja como “binge watching”). Averigüé acerca de las características que posee; las decisiones por las que un espectador decide ver, no ver y cuándo ver un contenido; su capacidad para integrarnos a otros que ya comparten un vínculo a través de una historia inmersiva; y las diferencias entre ver a solas y en compañía. Del estudio aplicado por la Filmuniversity Babelsberg Konrad Wolf (en el que se trabajó con 16 personas, hombres y mujeres, entre 20 y 61 años que vieran con regularidad series de televisión), se desprenden apreciaciones sinceras, las que también puedo ver en mi entorno inmediato: la forma en que mi mamá ve sus series en Netflix luego de terminar de organizar la casa, o la forma en que fortalece mi relación con un amigo, ver algún contenido en la pantalla y luego comentarlo.

Samuel CortésMira la vida brincar al otro lado de la ventana (2021)

Ya sea por box sets, VoD, o cualquier otro portal de video al alza, el comportamiento de los espectadores ha cambiado. Las maratones de series, o cualquier programa disponible, son un fenómeno social.

«Las personas que miran a solas tienen una necesidad de comunicar a sus amigos lo que han visto. Las parejas integran sus consumos de series en sus rituales de todos los días. Los amigos planean ver algo como un evento de tarde, en su mayoría durante el fin de semana. Una separación también puede cambiar el uso de las series que el espectador les otorga. Cuando un compañero con quien se solía ver se traslada, hay algo que falta. Una mujer y un hombre, ambos de 33 años, consideraron que su consumo de series cambió luego de separarse. Mientras ella las ve a solas con aún más intensidad, él ahora las ve con sus amigos»[11].

Este ejemplo demuestra las propiedades de beber a través del ojo. La serie de televisión como elíxir de un quiebre, o como exaltación del grupo. Mirar una historia que se desarrolla en la pantalla se traduce como un remedio para el dolor, el aburrimiento, la tristeza, porque nos hace olvidar a medida que demanda más compromiso psicológico y tiempo, así como lo haría alguna otra ocupación o persona.

«Las formas narrativas complejas y el desarrollo de los héroes en las series hace el consumo más intenso. “Me refiero, todo el sentimiento que construyes a lo largo de tanto tiempo, y mucho del suspenso se sostiene solo para ti, que estás completamente sumergido emocionalmente, tanto en lo bueno como en lo malo, como si tu personaje favorito muere... como en el caso de Game of Thrones, por ejemplo»[12].

La imagen termina devolviéndonos una mirada con aptitud parasitaria. Al contacto con el humano ingresa en cuerpo y psiquis. Entra por los ojos y se adentra en genitales, corazones y almas. Según voy comprendiendo, su poder se basa en hacernos olvidar, hacernos creer otra realidad posible, distinta a la que nos toca vivir día a día. En mayor o menor medida necesitamos escapar a realidades personales y nos entregamos a ser contagiados por una simulación ajena. Ser huésped de una fantasía a cambio de que anestesie o acompañe mi soledad, o de que mejore de alguna forma el estado anímico que me ha tocado llevar hoy. La reacción dependerá de nuestra capacidad de generar defensas a ellas. Pueden hacernos sentir acompañados, pero también pueden exacerbar el deseo inquieto de compartir la imagen propia con el fin de ser visto y ser considerado. ¿Qué significa generar defensas contra la imagen e ilusión? Entender la producción y cómo operan los factores en la pantalla. Entender que la ilusión representada no debiese superar la realidad, por el riesgo latente de transformar la fantasía en esclavitud. El efecto de extrañamiento [der Verfremdungseffekt] que Bertolt Brecht desarrolló, o las películas de Jean-Luc Godard bien anticiparon en occidente técnicas y propuestas para generar inmunidad al virus. La misma ilusión es quien advierte y reflexiona sobre su propia condición, esta vez como aliada dentro de esta gran conquista invisible. 

Para resumir, la imagen multimedia puede crear complejidades psicológicas capaces de inducirnos a una determinada emoción. El consumo a través de la visión es una actividad que demanda compromiso cognitivo y psicológico, y genera una reacción medible en el cuerpo. Requieren mayor o menor tiempo según su naturaleza. Las narrativas tienden a desarrollar lazos más fuertes con quien las mira porque se sostienen en el tiempo, de igual modo como se mantiene una relación con una persona o práctica incorporada en la rutina personal. Son los personajes quienes permiten a los espectadores sentirse identificados, enamorados, tristes o excitados. Cuanto más tierna una representación, mayores beneficios golpean a nuestra puerta: luego de consumirlas las respuestas se vuelven relajadas, atentas y gozan de mayor cuidado. El rendirse ante imágenes que devuelven la mirada es una actividad que nos acompaña sea donde sea, en cualquier tiempo y espacio. El preciso hecho de que nos hagan sentir acompañados y distraídos de nuestra realidad inmediata (encerrados en casa sintiendo la soledad, e.g.), es lo que permite que aceptemos su ingreso en nuestras vidas. Y es en esta interacción donde se transmiten los valores que cada imagen conlleva. En el entretenimiento y la confianza (y por supuesto el hábito) es donde la proliferación de estereotipos y aceptación de comportamientos puede instalarse.

Meme encontrado [link]

El poder radica en la calidad de la ilusión en la que ingresamos, y es la ilusión la que determina la propiedad curativa o infecciosa. ¿Por qué creo que pensar las imágenes de este modo es importante? Natalie Jeremijenko menciona una cita de Hipócrates del tratado “Sobre Aires, Aguas y Lugares" donde  se señala que “gran parte del alma yace fuera del cuerpo. El tratamiento de lo interno requiere un tratamiento de lo externo[13]. El medioambiente que nos rodea tiene una implicancia fundamental en lo que ocurre en nuestro interior. Quiero plantear la importancia de entender la configuración del sistema de imágenes, del mismo modo como a Pierre Bourdieu le urgía transparentar la forma en que se opera desde el plató [14].

Las imágenes cobran hoy un sentido salvavidas que mantienen a flote nuestra necesidad de sociabilizar, entregar y recibir afecto. El contexto de distancia y confinamiento ha diezmado el contacto humano, y las necesidades afectivas han sido reemplazadas por un capitalismo personalizado que ofrece imágenes, productos y servicios que intentan llenar pobremente la urgencia. La naturaleza de elegir ha sido pavimentada para el paso de una autopista vigilada, conducente a tiendas y aplicaciones que ofrecen un catálogo especialmente pensado para mí, el que cada día aprende más y de mejor forma quién soy, al punto de decirme quién ser según lo que estime más conveniente para ambas partes.

«La pantalla es una lámpara mágica»[15] y yo seré el doctor a cargo de estudiar tu recuperación. Ahora, te recomiendo absorber la vitalidad en la siguiente selección de imágenes que he preparado para ti, y te recomiendo guardar reposo por los próximos siete días. Estarás bajo observación.

 


[1] Hiroshi, Nittoro (2012) The Power of Kawaii: Viewing Cute Images Promotes a Careful Behavior and Narrows Attentional Focus. Universidad de Hiroshima. Japón.
https://doi.org/10.1371/journal.pone.0046362

[2] Ibid.

[3] Burroughs, W. (2002). Marica. Anagrama, Barcelona.

[4] No puedo dejar de destacar Devs de Alex Garland (2020).

[5] Idea que desarrolló en el libro The Ticket That Exploded (1962)

[6] Mitchell, W.J.T. (2009), “Introducción”. En Teoría de la Imagen. Akal, Madrid.

[7] Sans Soleil, 1983. «[...] y el peso de las miradas de esos rostros gigantes… porque los voyeurs de las imágenes son, al mismo tiempo, vistos por imágenes más grandes que ellos”; “Pero cuanto más vemos la televisión japonesa, más tenemos la sensación de ser observados por ella».

[8] Mitchell, W.J.T. (2009), “Imágenes y Poder”. En Teoría de la Imagen. Akal, Madrid.

[9] Ibid.

[10] Mikos, L. (2016), Binge Watching of Television Series Online”. En Digital Media Platforms and the Use of TV Content: Binge Watching and Video-on-Demand in Germany. Department of Media Studies, Filmuniversity Babelsberg Konrad Wolf, Alemania

https://doi.org/10.17645/mac.v4i3.542

[11] Ibíd.

[12] Ibíd.

[14] Consultar “El Plató y sus Bastidores” en Sobre la Televisión de Pierre Bourdieu [1997]. Anagrama, Barcelona.

[15] Rist, Pipilotti (1993) Preface to Nam June Paik. Consultado en Pipilotti Rist [Phaidon; 2001]