Guattari y Autonomía
En 1974 estaba en el servicio militar obligatorio, viviendo en un cuartel del ejército italiano. Pero la vida militar no era mi taza de té y estaba buscando una forma de salir. Un amigo me sugirió leer algún filósofo francés. Y así comencé a leer a Félix Guattari.
Comencé con Psicoanálisis y transversalidad y me inspiró para simular un ataque de locura. El coronel de la clínica psiquiátrica consideró que realmente estaba loco y me enviaron a casa. Desde ese momento consideré a Guattari un amigo, cuyo trabajo puede sugerir vías de escape a cualquier tipo de cuartel, físico o no.
Continué con esos estudios durante los años setenta, cuando desde las universidades, fábricas y ocupaciones surgió un movimiento compuesto por estudiantes y jóvenes trabajadores llamado Autonomía. Este movimiento se expresó a través de muchos tipos diferentes de acción y organización, incluyendo proyectos contraculturales y estéticos. En 1975 publiqué el primer número de A/traverso, una revista que buscaba traducir conceptos “esquizoanalíticos” al lenguaje de Autonomía. Luego, en 1976, con un grupo de amigos, lancé la primera emisora de radio italiana gratuita, Radio Alice. Eventualmente, la policía clausuró la emisora de radio, acusándonos de organizar los disturbios que siguieron al asesinato de Francesco Lorusso, militante del grupo extraparlamentario Lotta Continua.
Para definirse, el movimiento de Bolonia de 1977 eligió el eslogan “deseando autonomía”. A veces se utilizó la expresión “nosotros, los transversalistas”. La referencia al postestructuralismo fue explícita en las declaraciones públicas, en folletos, en las consignas de las manifestaciones de la primavera de 1977, frente a la violencia estatal y la represión masiva.
Habíamos leído el Anti-Edipo pero no habíamos entendido mucho de él. Sin embargo, una palabra nos había golpeado fuerte: “deseo”. Habíamos comprendido claramente que el motor del proceso de subjetivación es el deseo. En otras palabras, propusimos: dejemos de pensar en términos de “sujeto”, olvidemos a Hegel (o escupámoslo, como se titula el ensayo de Carla Lonzi de 1970). Es decir, la subjetividad no es algo ya hecho que debamos simplemente organizar. Llegamos a ver que no hay sujetos, sino flujos de deseo atravesando organismos que son, al mismo tiempo, biológicos, sociales y sexuales −y conscientes, por supuesto−. Pero la conciencia no es algo puro e indeterminado. La conciencia no existe sin el trabajo incesante del inconsciente, de ese laboratorio que no es un teatro donde se actúa una tragedia ya escrita, sino que una tragedia atravesada por flujos de deseo que escribes y reescribes sin parar.
Además, el concepto de deseo no debe reducirse a una tensión siempre positiva: el deseo es clave para explicar tanto las oleadas de solidaridad social como aquellas de agresividad, las irrupciones de ira y el endurecimiento de la identidad. Ambos, tanto los movimientos revolucionarios libertarios como su reacción represiva se originan en las fluctuaciones del deseo.
Finalmente, el deseo no es un buen chico feliz. Al contrario, puede encogerse, encerrarse en sí mismo y finalmente producir efectos de violencia, destrucción y barbarie. El deseo es el factor de intensidad en la relación con el otro. La intensidad puede ir en diferentes direcciones, incluso contradictorias.
Guattari acuñó la expresión retournelles (estribillos) para definir las concatenaciones semióticas capaces de estar en una relación armónica con el entorno más amplio. El estribillo es una vibración cuya intensidad puede vincularse con este o aquel sistema de signos y estimulaciones nerviosas. El deseo es la percepción de un estribillo que producimos para captar las líneas de estimulación provenientes del otro (un cuerpo, una palabra, una imagen, una situación) para luego relacionarnos con esas líneas. De manera similar, la avispa y la orquídea, dos entidades que poco tienen que ver entre sí, pueden sin embargo conectarse, disfrutarse mutuamente, y producir efectos beneficiosos mutuamente. El deseo no es un hecho natural, sino una intensidad que cambia según las condiciones antropológicas, tecnológicas y sociales.
Hacia una reconfiguración del deseo
Debemos reconsiderar el deseo en nuestra era, que es definida por la aceleración neoliberal y digital. También debemos reconsiderar el deseo en el contexto de los movimientos reaccionarios e identitarios contemporáneos.
La economía neoliberal ha acelerado el ritmo de la explotación laboral, especialmente la labor cognitiva. La tecnología de conexión digital ha acelerado la circulación de la información y en consecuencia ha intensificado el ritmo de estimulación semiótica, que es al mismo tiempo estimulación nerviosa. Esta doble aceleración es el origen y la causa del aumento de la productividad laboral que a su vez ha permitido un aumento sin precedentes de la acumulación de capital. Pero también es la causa de la hiperexplotación del organismo humano, especialmente del cerebro. Hoy tenemos la tarea de determinar los efectos que esta hiperexplotación ha producido en el equilibrio psíquico y en la sensibilidad de los seres humanos, como individuos, pero sobre todo como colectivo.
Debemos reflexionar sobre la mutación del deseo tras el trauma de la pandemia. El virus puede ser menos visible, la infección puede estar en cierto modo bajo control, pero el trauma no desaparece de la noche a la mañana; continúa haciendo su trabajo, que se manifiesta en parte como una especie de sensibilización fóbica masiva hacia el cuerpo del otro, su piel, sus labios.
Durante las últimas dos décadas, varios estudios han demostrado que la sexualidad está cambiando de manera profunda, y el reciente shock viral solo ha reforzado esta tendencia, que tiene sus raíces en una transformación tecnoantropológica que data de al menos treinta años atrás. Por ejemplo, en el libro iGen de 2017, Jean Twenge analiza la relación entre la tecnología conectiva y el cambio en el comportamiento psicológico y afectivo de generaciones que se han formado en un entorno tecnocognitivo. Siguiendo estos estudios, he llegado a definir a los seres humanos nacidos desde principios de siglo como la generación que ha aprendido más palabras de una máquina que de la voz singular de un ser humano.
En mi opinión, esta definición es útil para comprender la profundidad de los cambios en curso. Freud introdujo la noción de que el acceso al lenguaje no es comprensible sin considerar la dimensión afectiva. También debemos recordar lo que Giorgio Agamben argumenta en el libro Lenguaje y muerte: la voz es el punto de encuentro entre la carne y el significado, cuerpo y significación. Además, la filósofa feminista italiana Luisa Muraro afirma que la aprehensión del significado de las palabras está ligada a la confianza afectiva en la madre.
Creo que una palabra significa lo que significa porque mi madre me lo dijo. Más generalmente, creo que el mundo tiene significado porque mi madre me dijo que las palabras significan el mundo. El fundamento psíquico de la atribución de significado se basa en este acto primordial del compartir afectivo, de coevolución cognitiva sustentada en la vibración singular de una voz, un cuerpo, una sensibilidad.
¿Qué sucede entonces cuando la voz singular de la madre (o de cualquier otra persona) es reemplazada por una máquina? El significado del mundo es reemplazado por la funcionalidad de signos que permiten producir resultados operativos a partir de la recepción e interpretación de signos desprovistos de profundidad afectiva y, por tanto, de cualquier seguridad íntima. El concepto de precariedad asume aquí todo su significado psicológico y cognitivo como debilitamiento y deserotización de la relación con el mundo. Se trata del erotismo como intensidad carnal de la experiencia y del deseo en su (no exhaustiva) relación con el erotismo.
Deseo y sexualidad
Normalmente asociamos el deseo con la carne, con la sexualidad, con un cuerpo acercándose a otro cuerpo. Pero debemos enfatizar que la esfera del deseo no puede ser reducida a su dimensión sexual, incluso si esta implicación está inscrita en la historia, la antropología y el psicoanálisis. El deseo no se identifica solo con la sexualidad y, además, se puede concebir una sexualidad sin deseo.
En el concepto (y en la realidad) del deseo hay algo más que sexo, como nos muestra el concepto freudiano de “sublimación”, que refiere a las inversiones sexuales indirectas del deseo mismo.
La pandemia ha completado el proceso de desexualización del deseo que ha estado en marcha por largo tiempo, tan pronto como la comunicación entre los cuerpos conscientes y sintientes en el espacio físico fue sustituida por el intercambio de estímulos semióticos en ausencia de cuerpos. Si esta desmaterialización del intercambio comunicativo no ha borrado el deseo, lo ha trasladado a una dimensión puramente semiótica (o más bien: hipersemiótica). El deseo entonces evolucionó en una dirección desexualizada o postsexualizada, que ahora se manifiesta como una condición de aislamiento que la pandemia ha normalizado y casi institucionalizado. La teoría y la práctica de la psicología, el psicoanálisis y también la práctica de la política deben ser cuestionadas, porque la subjetividad subyacente ha sido alterada y transformada de manera irreversible.
El psicoanalista italiano Luigi Zoja publicó un libro sobre el agotamiento (y la desaparición tendencial) del deseo; de hecho, el título es Il declino del desiderio (La declinación del deseo). El libro está lleno de datos muy interesantes sobre la dramática reducción de la frecuencia del contacto sexual entre las personas hoy en día, así como del tiempo dedicado al contacto corporal en general. Pero la hipótesis central del libro, la desaparición del deseo, me parece cuestionable. En mi opinión, no es el deseo en sí mismo el que está destinado a desaparecer, sino más bien la expresión sexualizada del deseo. La fenomenología de la afectividad contemporánea se caracteriza cada vez más por una reducción dramática del contacto, el placer y la relajación psíquica que el tacto hace posible. Esto coincide con una pérdida de confianza sensual, una pérdida de ese sentimiento de profunda complicidad que hace tolerable la vida social: el placer de la piel que reconoce al otro a través del tacto sensual, el dulce disfrute de la intimidad de la mirada.
La perversión del deseo y la agresividad contemporánea
De hecho la desexualización del deseo corre el riesgo de transformar el deseo en un infierno de soledad y sufrimiento a la espera de poder expresarse de una forma u otra. La violencia sin sentido que estalla cada vez más a menudo en forma de ataques armados y asesinos contra inocentes −las matanzas que se han multiplicado en todas partes desde Columbine en 1999 y de las cuales Estados Unidos es el teatro principal− es solo la punta del iceberg de un fenómeno que a nivel político está trastornando la historia del mundo. ¿Cómo se puede explicar la elección de alguien como Donald Trump o Jair Bolsonaro por la mitad del pueblo norteamericano o brasileño, sino como una manifestación de desesperación y autodesprecio? La elección de una persona que expresa abiertamente comentarios racistas o incluso criminales tiene profundas analogías (a nivel psicológico, pero también a nivel político) con los asesinatos que solo pueden ser explicados por un deseo suicida.
Lo que llamamos “fascismo” hoy en día debe explicarse en términos que no son sólo políticos. La política es solo el terreno espectacular en el cual estos movimientos se manifiestan. Si bien comparten una retórica muy cercana al fascismo histórico, los movimientos de derecha contemporáneos no tienen ningún contenido racional.
Sólo el discurso de la humillación, la soledad y la desesperación puede dar cuenta de este fenómeno mundial.
Los miembros de la generación definida con irónica amargura como la última (Z), aquellos seres humanos que han aprendido más palabras de una máquina que de la voz singular de un humano, han crecido en un entorno que es cada vez más inhabitable y patógeno, ya sea a nivel físico (contaminación) o a nivel psíquico. La comunicación de esta generación se desarrolla casi exclusivamente en un ambiente tecno-inmersivo, cuya consistencia es puramente semiótica. La extinción aparece como una experiencia de simulación tecno-inmersiva. La producción de los medios está cada vez más saturada de signos de esta desesperación. Estos signos actúan como señales de malestar, pero también como factores que ayudan a propagar la patología. Estoy pensando en películas como Joker, Parasite y series como Squid Game, al igual que miles de otros productos similares.
El trauma viral de la pandemia del Covid solo multiplicó el efecto de la hipersemiotización del entorno, pero las condiciones tecnológicas y culturales del fenómeno ya estaban ahí.
Una mutación está reinventando el deseo: se expresa cada vez menos en una forma sexual, sino más bien en una forma semiótica. El deseo no ha dejado de ser el motor del proceso de subjetivación colectiva; pero el proceso de subjetivación toma la forma de ansiedad, automutilación, o a veces de agresión porque el deseo se pervierte en formas puramente fantasmáticas.
La desexualización del deseo, cuyas huellas están por todas partes, se traduce a nivel social en una deshistorización de las motivaciones de acción colectiva. Somos testigos de un fenómeno masivo de descompromiso: abstención mayoritaria de la política tradicional, deserción de la procreación, abandono del trabajo. Este fenómeno debe ser objeto de un análisis teórico (diagnóstico) y debe conducir a la creación de estrategias de acción psicopolíticas colectivas (terapia).
Esta es una transcripción editada de mi contribución al congreso dedicado a Félix Guattari que tuvo lugar en París en octubre de 2022, trigésimo aniversario de la muerte del autor de Caosmose.